Se trata de uno de esos regalos navideños que se han puesto de moda en estos tiempos de crisis: un cupón para disfrutar de una cena para dos personas. El lugar, un restaurante en el barrio de Karlín, se anuncia como Restaurante Español Mamacita Catalina. Klaar se resiste a ir pero intento convencerla de que tenemos que visitarlo aunque solo sea para ver qué porcentaje del menú es español. A pesar de todo, sospechamos que la decepción será mayúscula.
Para empezar: ¿dónde se ha visto un restaurante español que se llame “Mamacita”? “Mamacita” es un término que escuché por primera vez cuando fui a vivir con mis padres e Inge a Colombia. Sé que también se usa en otros países de Hispanoamérica, pero desde luego me resisto a asociarlo a ninguna experiencia culinaria española.
Por si quedaba alguna duda, el menú que se ofrece las despeja todas: guacamoles, tacos, burritos y sopas mexicanas de frijoles se hermanan en una improbable sinfonía con paellas “de carne, pollo y cerdo” (sí, sí, los tres a la vez) y una sección de pescados protagonizada por un extraño y limitadísimo binomio: gambas (congeladas, supongo, a no ser que las hayan empezado a criar en el río Moldava) y trucha (de piscifactoría y seguro que también congelada).
Ya sé que no es de buena educación criticar los regalos que uno recibe. Ojalá mañana nos llevemos una sorpresa muy grata y escriba una nueva entrada alabando las exquisiteces de Mamacita Catalina. Por si acaso me voy a llevar una cámara y una libreta: Klaar y yo estaremos atentos a todo lo que se cueza en el restaurante.
Es un frío sábado de marzo, alrededor de las nueve de la mañana. El calor de las mantas me retiene en la cama. El silencio y la penumbra en la habitación me invitan a dejarme caer en los brazos del sueño de nuevo, pero la vejiga ha decidido boicotear mi idilio con Morfeo. El suave respirar de Klaar junto a mí me dice que levantarse es un suicidio, que no hay mejor sitio en el mundo que ese, pero al final la necesidad de ir al baño le gana la partida a la cama. Tras dejar las sombras atrás aterrizo en la sala, aún sacudiéndome el sopor del cuerpo, pero a medida que me acerco al baño comienzo a entender que algo no encaja: la puerta que da a la habitación de Jan (que en realidad es la cocina) está entreabierta, algo que no suele ocurrir nunca. Unos paso más me acercan no sólo a ese hecho inusual, sino a un suave ronroneo que se escapa por la rendija de la puerta. El ronroneo viene también acompañado del efluvio etílico de alguien que se ha pasado la noche dando tumbos de bar en bar, como sólo Jan sabe hacer. Al llegar a la esquina donde convergen las puertas del baño y la cocina decido hacer sufrir a mi vejiga unos momentos más y me atrevo a colarme dentro de la cocina para ver qué es lo que ha pasado. Sé que no debo hacerlo, pero la curiosidad me puede, y el atrevimiento se ve recompensado por una escena de un precio incalculable. Casi corriendo dejo la habitación-cocina de Jan y regreso a la mía a por la cámara. Klaar me pregunta qué está pasando y la tranquilizo diciéndole que en unos momentos se lo enseño. Al regresar frente a la puerta de la cocina me aseguro de que los ronquidos de Jan se siguen emitiendo rítmicamente. Franqueo la puerta de nuevo, de puntillas y con la cámara en ristre, haciendo de ésta la avanzadilla digital tras la que protegerme. Al llegar al centro de la cocina el corazón me late aceleradamente, y me siento como si acabase de entrar en la guarida de la fiera durmiente, oliendo el peligro (y su resaca) a cada ronquido, temiendo que en cualquier momento su suave roncar se parará, justo antes de despertarse y descubrirme. Una de las baldosas flojas del suelo emite un ligero chasquido al pisarla y en la secuencia de ronquidos se deja de escuchar uno, adelantando una situación que sería incapaz de justificar: si se despierta y me descubre, ¿cómo le explico qué es lo que estoy haciendo, en su habitación, con una cámara en la mano a punto de tomar una foto de él en esas circunstancias? Jan se estremece y mi corazón se cobresalta aún más, pero por fortuna los ronquidos retoman finalmente su rítmica cadencia. Para entonces ya he apretado el disparador. Unos momentos después me encuentro de nuevo en el refugio que es mi cama. Ese día el dragón continuará durmiendo por tiempo indefinido, sin saber que alguien le ha visitado en sueños …
Son las cinco y media de la mañana. El ruido de algo cayendo al suelo y un sonido semejante al de unas uñas rascando sobre nuestra puerta nos secuestran de nuestro sueño para traernos a la cruda realidad de la mañana del lunes. Klaar se levanta de un salto y camina hacia la puerta, aún borracha por el sopor, mientras yo, torpemente, alcanzo a encender la lámpara que hay junto a mi cama. Tras abrir la puerta, un perro ladra desde la cocina, y de repente escucho a Klaar preguntando en checo qué está pasando y, aunque no alcanzo a ver lo que ocurre, escucho a Jan balbucear algo como contestación, pero sé que lo que dice no sirve de respuesta y sospecho que aunque yo fuese capaz de hablar checo como un nativo, jamás habría podido entender lo que Jan intenta articular. Inmediatamente después Klaar vuelve a entrar a la habitación, regresa a la cama e intercambiamos algunas palabras aún medio dormidos. Unos minutos después suena la alarma de Klaar, ella se levanta y se va al trabajo, el perro vuelve a ladrar y yo me vuelvo a dormir, aprovechando que no me tengo que levantar hasta algo más tarde.
A eso de las diez llamo a Klaar por teléfono y le pregunto qué es lo que ha pasado con Jan, como si aún no acabase de creerme que el episodio realmente ha ocurrido. Klaar me dice que al abrir la puerta se ha encontrado a Jan a cuatro patas, frente a nuestra habitación, y que tras preguntarle qué es lo que estaba pasando éste ha pronunciado algo tan ininteligible que me temo que nos quedaremos con la duda hasta que esta noche, cuando él se levante para iniciar su jornada (que generalmente se desarrolla durante las horas contrarias a las de la actividad de los demás seres humanos), le volvamos a preguntar qué demonios estaba haciendo comportándose como un cuadrúpedo cuando nos ha despertado. Seguramente dirá que no lo recuerda, como cuando una noche, hace no demasiado, entró a trompicones en la habitación de Premek mientras éste dormía: nadie ha sabido, hasta la fecha, qué fue lo que le hizo comportarse (de nuevo) como un cuadrúpedo, por mucho que en aquella ocasión, como Premek asegura, aún mantuviese cierta compostura (tambaleándose, eso sí) sobre sus dos patas.
En 2006 hacía ya tiempo que vivía en Vitoria estancado en un estilo de vida poco acorde con lo que siempre había idealizado, sobre todo después de haber pasado varios años dando tumbos de lugar en lugar, gracias a la vocación nómada inculcada por mis padres desde mi infancia. Gracias a mis padres y a su tremenda inquietud por romper con la rutina, he vivido en Sudamérica o Australia, y he viajado a lugares como Madagascar. Mis padres me enseñaron desde muy pequeño a apreciar el gesto de viajar como expresión máxima de inconformidad, de rebelión hacia lo convencional de la vida sedentaria, y cuando hablo de viajar me refiero a la acción de combinar el desplazamiento meramente físico con la auténtica experiencia de vivir allá donde se viaja. Hace años descubrí que no basta con atisbar un entorno nuevo desde la ventana artificial del turismo, por eso sostengo que para viajar hay que poder ver sin filtros, y la manera de romper con ellos consiste en poder pasar el tiempo suficiente en un país nuevo como para que la novedad acabe convirtiéndose en rutina.
No puedo evitar confesar que Björk y su música llevaban años formando una pequeña parte de mi banda sonora personal, y que si alguien mencionaba Islandia, ese nombre automáticamente me evocaba a su artista más conocida. Alrededor del año 2002 mis referencias culturales islandesas se ampliaron algo más cuando vi 101 Reykjavík, una película basada en el libro homónimo escrito por Hallgrímur Helgason. La película de Baltasar Kormakur mostraba una alocada secuencia de momentos etílico – festivos en la vida de un joven en su exótica ciudad cercana al círculo polar ártico, aunque a mí en realidad me sirvió para poder echar un vistazo a un sitio que siempre se me había figurado tan lejano como inalcanzable.
Durante años Islandia se mantuvo en estado latente en mi listado de países imaginados, hasta que un periodista despertó su nombre de nuevo.
El diario El País publicó en 2006 una serie de cinco artículos en su Revista de Agosto firmados por John Carlin. En ellos el autor hacía una extensa recopilación de algunas de las virtudes de la moderna sociedad islandesa a través de entrevistas con varias personalidades del país. Lo que John Carlin no podía imaginar es que sus artículos fueron el germen de lo que más tarde se convertiría en mi proyecto de emigración a Islandia.
John Carlin me proporcionó la oportunidad de recordar la existencia de un país que ya no me parecía tan lejano, y de repente comencé a pensar en Islandia más intensamente.
A finales de agosto de 2006, quizás un par de semanas después de leer los artículos de John Carlin, un gesto tan sencillo como teclear “work in Iceland” (trabajo en Islandia) en el buscador de Google, cambió mi vida. El primero en la lista de resultados me remitió a una agencia que ofrecía varios tipos de trabajo y, teniendo que escoger entre plantas de procesamiento de pescado, invernaderos u hoteles, al final me decidí por jugar a probar en una granja lechera. La aparentemente inofensiva acción de rellenar una solicitud para trabajar en una granja no tuvo ningún resultado hasta diciembre. Cuando ya había perdido las esperanzas (y, sobre todo, el recuerdo del tan irreflexivo acto de pedir trabajo en Islandia), me llegó un mail de la agencia a la que me había dirigido a finales del verano anterior y, para mi sorpresa, me ofrecían un puesto en una granja de Selfoss. La agencia me informaba de que un granjero de nombre Ólafur Kristjánsson, dueño de unas cuarenta vacas lecheras, quería contratarme, y necesitaban que les comunicase lo antes posible si estaba interesado en la oferta. Recuerdo que los siguientes fueron los tres días más intensos en mi historia reciente de inseguridades, pero al final tomé la decisión de marcharme a Islandia. Mis padres y mi hermana me apoyaron durante todo el proceso de decisión, y uno de los momentos de mayor tensión (aunque seguido de gran alivio) fue cuando comuniqué a mi jefa de entonces que dejaba mi trabajo como profesor de inglés en su academia para ordeñar vacas en Islandia. Curiosamente, su expresión de estupor al escuchar tan disparatado plan, lejos de provocarme alguna duda, me reafirmó en mi decisión.
No acabo de tener muy claro si el proceso de envejecimiento conlleva cierto incremento en los niveles de madurez, pero lo que sí me está pareciendo estos últimos tiempos es que al hacernos mayores nuestro espectro de amistades se define sin que hagamos grandes esfuerzos. Durante mi veintena me ocupé de coleccionar amistades sin aplicar un criterio estricto de selección. Es como cuando comenzamos una colección y compulsivamente nos hacemos con todos los ejemplares que encontramos, sin importarnos su estado y si están repetidos. Más tarde ya nos ocuparemos de cribar.
Parece que la criba está teniendo lugar justo ahora. Últimamente tengo la sensación de que pierdo más amigos de los que hago. A este paso podría parecer que avanzo hacia la soledad, pero resulta que ocurre al contrario: las personas que no han sido ni serán importantes en mi vida se caen de la convocatoria, mientras que mis amigos de verdad, esos que siempre han contado conmigo tanto como yo con ellos, reconfirman su posición junto a mí (sin importar la distancia que nos separe en casos puntuales) en el viaje que continuamos hacia el final.
Desde que llegué a Praga he conocido a mucha gente, pero no he visto claros candidatos a quedarse en mi lista. Hubo uno que pareció pasar la criba, pero su re-asociación con su ex-novia lo metamorfoseó en alguien que ya no reconozco. Hubo otros que parecieron cumplir con los requisitos mínimos de permanencia, pero fallaron estrepitosamente y fueron, consecuentemente, eliminados de mi lista mental de personas que alguna vez me han importado, me importan o importarán. Por otra parte, aquellos que ya han demostrado más que de sobra sus aptitudes en el negocio de la amistad se afianzan en esa posición si que ninguna de las dos partes tenga que hacer esfuerzos extra por demostrar lo que ya es evidente: que somos amigos.
Hace alrededor de un mes, de visita al mercado de las pulgas de Bleší trh, cercano a la estación de metro de Kolbenová, me encontré con este curioso aparato de baquelita y su inconfundible olor. Lo digo porque la baquelita tiene un olor muy característico: es un olor almacenado en la memoria olfativa que me recuerda a mangos de sartenes o cazos recalentándose hasta temperaturas imposibles sobre un fuego de gas a todo trapo, en la cocina del piso donde vivía con mi familia cuando era pequeño. Siempre me pregunté por qué eso mangos no acababan derritiéndose como lonchas de queso barato (lonchas de aquéllas que venían envueltas individualmente en un plástico que era poco menos comestible que el presunto queso que envolvían) hasta que aprendí que la baquelita resiste temperaturas altísimas. El caso es que cuando me encontré este aparato y me lo llevé a la cara tras intuir su funcionamiento, reconocí el olor de su material al instante.
Los visores de fotografías estereoscópicas como el Meoskop, de fabricación checoslovaca, también forman parte de mi memoria, en este caso de la visual, ya que recuerdo haber tenido uno de ellos en mis manos cuando era pequeño, durante una visita al parque de atracciones del monte Igueldo, así que cuando el otro día me encontré con esta ganga en el puesto de chatarra de aquel señor que vendía desde tornillos oxidados hasta lámparas de transitores Tesla, cuya producción se debió interrumpir tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, me llevé una gran sorpresa y decidí pagar las 160 coronas checas (poco más de seis euros) que se me pidieron, sin ni siquiera regatear de lo emocionado que estaba. En la oferta se icluyeron también, aparte del trozo de baquelita, tres discos de fotografías estereoscópicas de los años cincuenta o sesenta, con paisajes del norte de Checoslovaquia, montañas de la zona de la actual Eslovaquia, o tomas de diferentes partes del Teatro Nacional en Praga.
La experiencia de acercar el Meoskop a los ojos para contemplar una de las siete parejas de fotos que componen cada disco puede quedar desvirtuada por el tremendo renacimiento que está sufriendo la tecnología 3D. Supongo que a alguien que haya visto cualquiera de las películas en 3D en el cine que hasta ahora me he negado a tragarme pensará que el Meoskop es tan primitivo y ridículo que no merece la más mínima atención, pero para mí se ha convertido en una auténtica ventana al pasado de un país que ya no existe, de un mundo que ha cambiado radicalmente y de una tecnología que en su día fue tremendamente novedosa, aunque ahora parezca totalmente obsoleta.
El 21 de enero pasado hizo tres años de mi llegada a Islandia, y hace unos tres días cumplí ocho meses en Praga. No parezco estar tomándome en serio lo de escribir sobre estos tres últimos años de mi vida, y es una pena, porque están siendo los más intensos de mi historia personal.
Antes he releído la última entrada de este blog referida a Islandia, y he recordado lo premonitorio de las palabras de Óli, cuando dijo que lo último que le faltaba a Islandia por sufrir era una erupción del volcán Hekla… Lo gracioso del tema es que poco más de un año después de haber pronunciado esa frase, un volcán islandés y su nube de cenizas paralizaron el espacio aéreo europeo durante más de una semana, aunque no se trató del Hekla sino del Eyjafjalla. Durante toda esa semana yo estuve en España, viendo todos los días en la tele las imágenes de un paisaje coronado por un volcán que yo ya me había acostumbrado a contemplar a una distancia mucho más cercana durante más de un año de mi vida. Tan poca era la distancia que nos separó a ese volcán y a mí que secretamente albergué la esperanza de verlo entrar en erupción en directo, pero como siempre me ocurre, o llego tarde o ya me he marchado cuando las cosas importantes ocurren. Y a todo esto, María escribiéndome en Facebook que tenía que volver a Islandia, que me estaba perdiendo algo increíble… ¡Como si no me lo hubiese podido imaginar!
Llevo más de un mes leyendo la edición inglesa de Gente Independiente, de Halldór Laxness. Cada página del libro se convierte en un doloroso recordatorio de aquella tierra abandonada contra mi propia voluntad. Lo cierto es que me está costando avanzar en el libro por lo complicado de conciliar el hecho de leer con la imposibilidad de evitar una constante evocación de aquél mundo al que fui totalmente ajeno, pero al que me pude asomar desde un punto de vista muy privilegiado. Cuanto más pienso en la isla más me doy cuenta de que Islandia no habría sido tal si no hubiese sido por la presencia en el país de Óli, que me hizo entender algo tan complejo sirviendo de visagra, de intérprete, de intermediario y de confidente.
Puede parecer que Praga no me produce el más mínimo entusiasmo, teniendo en cuenta lo poco que le he dedicado a la ciudad en este fallido diario, pero lo cierto es que Praga y, por extensión, la República Checa, se parecen más a mi mundo que Islandia, así que supongo que esa es la razón por la que aún no me he propuesto preparar la lista de virtudes, bellezas, exquisiteces, defectos, inmundicias o suciedad que tanto me hacen querer a esta ciudad tan mundana, tan humana.
Líneas escritas en mi diario de Islandia el 29 de enero de 2009.
Sé que llevo mucho sin escribir, tanto que ya no sé cómo enfrentarme a las páginas de este fallido diario. De cualquier forma, regreso para comenzar el relato de la marcha.
En menos de tres meses Klaar y yo dejaremos Islandia, y a diferencia de como lo hice en junio de 2007, esta vez no hay billete de vuelta.
Hace tres días decidimos poner fin a nuestra peor racha islandesa comprando los billetes de avión que nos alejarán de la que también parece estar siendo la peor época de la historia reciente del país. Como dice Óli, ya sólo falta que el volcán Hekla entre en erupción para acabar de oscurecer aún más el tenebroso panorama en el que está sumido el país.
Escribo estas líneas, por cierto, desde Geirakot, la granja que se convirtió en el origen y centro de la peripecia que hace ocho días cumplió dos años.
Hace una semana mi novia y yo nos marchamos de Reykjavík. No todo va a ser conocer a gente mala y desagradecida: Óli y María nos ofrecieron alojarnos en su casa, cerca de Selfoss, hasta que cojamos el avión que nos saque de la isla el 28 de abril. Además, yo he recuperado el trabajo en su granja, el mismo que me trajo a Islandia hace más de dos años.
Ayer cumplí 777 días en el país.
Escribo estas líneas, por cierto, desde mi portátil, el mismo que hace algo más de un mes murió (supuestamente). El veredicto dado por los técnicos de la muy competente empresa Tæknibær fue tan rotundo como la diagnosis de una enfermedad terminal: “El disco duro está quemado. Has perdido todo lo que guardabas en él”. Anteayer, tras tener un presentimiento, decidí pulsar la tecla de encendido del ordenador y todo estaba en orden. No sólo funciona (como estas líneas demuestran), sino que además no perdí los miles de fotos que aún no había transferido al disco duro externo y cuya supuesta pérdida tanto me había estado atormentando hasta que el milagro de la resurrección se produjo (y que conste que no soy creyente).