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Flashback 1

Líneas escritas en mi diario de Islandia el 29 de enero de 2009.

Sé que llevo mucho sin escribir, tanto que ya no sé cómo enfrentarme a las páginas de este fallido diario. De cualquier forma, regreso para comenzar el relato de la marcha.

En menos de tres meses Klaar y yo dejaremos Islandia, y a diferencia de como lo hice en junio de 2007, esta vez no hay billete de vuelta.

Hace tres días decidimos poner fin a nuestra peor racha islandesa comprando los billetes de avión que nos alejarán de la que también parece estar siendo la peor época de la historia reciente del país. Como dice Óli, ya sólo falta que el volcán Hekla entre en erupción para acabar de oscurecer aún más el tenebroso panorama en el que está sumido el país.

Escribo estas líneas, por cierto, desde Geirakot, la granja que se convirtió en el origen y centro de la peripecia que hace ocho días cumplió dos años.

Hace una semana mi novia y yo nos marchamos de Reykjavík.  No todo va a ser conocer a gente mala y desagradecida: Óli y María nos ofrecieron alojarnos en su casa, cerca de Selfoss, hasta que cojamos el avión que nos saque de la isla el 28 de abril. Además, yo he recuperado el trabajo en su granja, el mismo que me trajo a Islandia hace más de dos años.

Ayer cumplí 777 días en el país.

Escribo estas líneas, por cierto, desde mi portátil, el mismo que hace algo más de un mes murió (supuestamente). El veredicto dado por los técnicos de la muy competente empresa Tæknibær fue tan rotundo como la diagnosis de una enfermedad terminal: “El disco duro está quemado. Has perdido todo lo que guardabas en él”. Anteayer, tras tener un presentimiento, decidí pulsar la tecla de encendido del ordenador y todo estaba en orden. No sólo funciona (como estas líneas demuestran), sino que además no perdí los miles de fotos que aún no había transferido al disco duro externo y cuya supuesta pérdida tanto me había estado atormentando hasta que el milagro de la resurrección se produjo (y que conste que no soy creyente).

Haukur se columpia

Sospecho que al editor de The Grapevine le han debido advertir de lo comprometido que sería para la revista acabar publicando mi carta, un texto en el que no dejo nada bien a un par de empresarios del sector del turismo. Teniendo en cuenta que The Grapevine es una publicación mensual de difusión gratuita que se distribuye principalmente en lugares de gran afluencia turística, se me ocurre que es probable que el editor haya decidido no jugar con la mano que les da de comer. Eso o que sea amigo de Elmar o Jóhann. Si no, no entiendo por qué ayer me escribió diciendo que, sintiéndolo mucho, no les va a ser posible publicar mi carta en el número de febrero por falta de espacio.

En el fondo igual es cierto que no tienen espacio para publicar un texto como el mío, tan crítico con los islandeses…

Alto por ancho

Recuerdo que la primera vez que tuve la oportunidad de conducir por aquí reparé en lo importante de la bidimensionalidad. Al mirar al retrovisor y ver lo que en el se reflejaba delimitado por los bordes del espejo, me di cuenta de que estoy tan acostumbrado a ver el mundo a través de ventanas que sólo cuando veo las cosas de esa manera les concedo cierto crédito. Inmediatamente pensé en lo que ocurre cuando viajamos: realmente no tenemos sensación de haber estado en algún sitio hasta que, de regreso a casa, observamos lo que captamos a través de una cámara. Las fotografías se convierten entonces en la única prueba que nos demuestra que estuvimos allí.

Lo que aquel día vi en el retrovisor era una imagen a la que ya me había acostumbrado durante el primer mes y medio en este país: se trataba del volcán Hekla, una imponente masa cónica, gris lava y blanco nieve, que me había estado observando cada día desde la distancia. Sin embargo, al ver su reflejo en la pequeña ventana de cristal descubrí que su silueta adquiría un significado más profundo: su tamaño aumentó al quedar aislado del entorno, y el detalle de su contorno se tornó más preciso. Incluso tuve la sensación de que su imagen ganaba en definición y, a pesar de que me encontraba contemplando un reflejo plano y bidimensional, la sensación de tridimensionalidad aumentó.

El coche se convirtió, a partir de aquél día, en una herramienta imprescindible para escrutar el entorno: desde la protección ofrecida por aquella pequeña burbuja, insignificante en comparación con la inmensidad del paisaje, comencé a estudiar las imágenes enmarcadas en los retrovisores y ventanas. El coche pasó a desempeñar el papel de observatorio.

La carretera que lleva a Reykjavík pasa primero por Hveragerði, donde el destello escupido por los invernaderos junto a la carretera crea la falsa sensación de estar atravesando una masa de vegetación tropical. Esa sensación se acentúa los días de niebla porque ese destello se expande aún más, y el coche es envuelto entonces por el color de la selva.

Después de Hveragerði esa fugaz idea de tropicalidad ha de ser abandonada para siempre. A partir de ese momento, la carretera comienza una pronunciada escalada para llegar a lo alto de una montaña desde la que se puede observar, en días despejados, la gran planicie en la que se asienta Selfoss, con el mar como frontera, y el archipiélago de Vestmanaeyjar en la lejanía. A ambos lados de la carretera no hay otra cosa que lava, cubierta de musgo en su mayoría, y nieve. Entonces, tras atravesar los vapores sulfurosos de una estación geotérmica, se comienza el descenso hacia la capital.

El primer día que hice ese trayecto tuve la suerte de viajar como pasajero, con lo cual pude relajarme y disfrutar de la experiencia sin miedo a perder la concentración que habría necesitado si hubiese conducido yo. Una hilera infinita de torres de alta tensión discurría paralela a la carretera, por el lado derecho, y más allá, una inmensa planicie de lava y nieve se perdía en la distancia para morir al pie de una cadena montañosa que marca la frontera entre lo habitable y lo inhóspito. Más allá no hay nada. Entonces me sentí vulnerable y débil: el entorno me engulló, me masticó y finalmente me escupió a una realidad hostil, fría y carente de color. Todo lo que observaba a través de las ventanas del coche era en blanco y negro.

A partir de aquél viaje comencé a buscar destellos de color en el paisaje, pero mes tras mes, la nieve aplana los contornos y transforma todo en un escenario en blanco y negro. He visto nevar desde septiembre hasta mayo, y alguien me dijo una vez que la nieve puede llegar a caer los doce meses del año, sin excepción.

La óptica con la que se observa todo se acaba adaptando a esa ausencia cromática. Una visita al museo en el que se exponen las obras de Kjarval me hizo comprender que la óptica de ese artista también se veía determinada por un entorno acromático, pero me interesé entonces por paisajes en los que no se mostraban grandes extensiones, sino subpaisajes del todo, en los que el artista prefería reproducir espacios muy reducidos, mostrando quizás un grupo de rocas cubiertas de musgo. La dimensión de lo que veía en esos lienzos era infinitamente reducida en comparación con la inmensidad de lo que la vista puede llegar a abarcar, pero descubrí que la luz sí hace aflorar toda una gama de colores que se perciben a una escala mucho más reducida. No hay que mirar hacia el horizonte, sino centrar el foco de atención en espacios mucho más cercanos.p1020910

Lo siento, está en inglés. Esta versión es la que mandé a The Grapevine. En ella omito o modifico nombres propios de lugares y personas, más que nada para no cavarme mi propia tumba en un país en el que la venganza estilo saga acecha a la vuelta de cada esquina.

Reykjavík, 27th December, 2008

Are both of you aware of how xenophobic and discriminatory what you’re defending as a reason not to hire me is? I suppose that you couldn’t help get involved in this new Icelandic wave of logos and patriotic stickers and commercials (The “veljum íslenskt” and “áfram Ísland” cheap nationalistic stuff). However, I can’t stop thinking that it’s such a paradox that precisely you are now rejecting people like me, after the very good use you have made of cheap foreign workers who helped you profit.

It’s insulting (if not humiliating) that you even offer me to go back to my old job (one and a half hours away from Reykjavík), when both of you positively know that I came to Reykjavík to study at the university, and what is worse, to study Icelandic to integrate myself in a more dynamic way into the country. What for? To be despised and rejected from some jobs just because I still don’t speak Icelandic as a native, and to be offered to leave everything in Reykjavík and go back to “exile” in the countryside.

Last summer I had to suffer while the Big Chef at the restaurant next to the shop where I worked pretended to be friends with me after having fired my girlfriend so unfairly (she was fired after she complained because the Big Chef threw away several times the plastic bottles she used to drink water from). After that dramatic episode, which put a very sad end to my girlfriend’s plans of working at your shop, we heard many stories about the Big Chef, and his reputation precedes him everywhere he goes. Some Icelandic friends of ours (including people who had the misfortune of working for him) have told us that firing people unfairly and treating girls like shit are some of his common practices, but still none of you did anything to restore my girlfriend’s honor and dignity, and by not doing so you gave support to the idea that foreigners have not the right to be judged fairly, amongst other reasons because due to their linguistic disadvantage they’ll never be able to defend themselves or understand what they are being accused of in Icelandic. I wonder how much bullshit the Big Chef spread around about my girlfriend and up to which extent he tried to damage her reputation after that episode.

In addition to what I mentioned before, both of you know that the eventual dismissal of my girlfriend at work had its very origin in the staff house. Not only the conditions which you expected workers to live in that house are unacceptable (my girlfriend already informed you about it when she first moved in, and everyone knows that the house shows a complete lack of care), but the attitude of those who were already living there by the time we arrived was far from being friendly. R.’s clan showed themselves as clearly hostile and disrespectful of all usual rules that should be followed when sharing a house with other people: they used our stuff (not only our kitchen stuff, but also our shampoos, soap and laundry material), kept the common areas astonishingly dirty, smoked everywhere in the house and made use of the kitchen and living room as if it was their territory only. People like M. (one of the members of R.’s clan) were extremely rude and impolite, even insulting my girlfriend in her own language if she complained when they didn’t clean after themselves. Eventually the passive role you performed when decided not to take any actions about the staff house’s terrible environment made some people like my girlfriend very frustrated, but her frustration was re-interpreted as a problem of “bad attitude” at work, which eventually led to think that she was the cause of the problem, when in fact she was one more of the victims of the mafia-like behavior at the staff house. The only reason why she got the worst part was because she was honest and complained. I suppose that if she had been the “quiet-almost-non-English-speaking type” she would have kept her job. On the other hand, that passivity of yours when not taking actions in order to rectify certain privileged people’s behavior caused the false impression that these people were allowed to do as they wished. Of course I understand you’re very good friends with R. (one of the foreign workers that has worked most times and longest for the company), but you should listen to the other people who live at the staff house more often. I can assure you that after we left the place, I could hear very similar stories about the very bad situation in the house from other co-workers who went through the same.

To add pain to injury, not only I witnessed how my girlfriend was fired, but I also had to work with J., who gave us all the worst of her personality during the whole summer, and who was not fired at all. She spoke to us all like shit, she treated us all as if we were retarded and she was even impolite to customers if she considered she had been treated badly by them. She used her position when our supervisor at the shop went abroad on holiday to establish a despotic system in the shop as well as to get as many benefits from it as possible (skipping work or asking us to replace her for one or another reason, always having endless cigarettes outside). I already informed our supervisor when asked about all these matters, and ultimately one of you got a brief report from me about her, but still you left things unchanged, and you didn’t do anything at all. Once again, this passivity led everyone to think that some people like J. could have some privileges at work, and what is worse: by disrespecting every one of her workmates she put into serious doubt the concept of discipline and general respect towards each other and especially towards the superiors. Working with J. was one of the worst experiences I’ve ever had, you knew about how bad the situation with her at the shop was, but instead you preferred the easy option, the less committed one: do nothing.

You know that I always worked enthusiastically at your shop, and that I always served customers with exquisite manners. You also know that I enjoyed the time I spent there (despite the aforementioned circumstances) and that I always did my best to keep myself busy even when there were no customers flooding the shop and there was some time for relaxation. And as you also know I always kept a very good relationship with my colleagues and superiors (of course J. was a very particular exception).

My conclusion is that you’re being very ungrateful if this is the way you thank me for the good service at work last summer. I remind you that it was you who came up with the idea of offering me a job in the new shop you were planning to open, after I had simply asked for some piece of advice about job opportunities in the touristic field in Reykjavík. At the very same time let me tell you that it’s very sad what you and other businessmen seem to be doing: you’re helping encourage a racist attitude towards foreign workers in Iceland. I thought all citizens from the EEA had the same rights, but it seems that’s not quite true in Iceland.

I never came to Iceland for the money, as many other people did. I came to Iceland because I wanted to learn about the country, it’s society, culture, people, history and language. I wanted (and still want) to live in here. It’s kind of sad to be paid back by some Icelanders like this.

Regalos navideños

Han sido dos, y el último lo recibimos ayer.

A finales del verano pasado, poco antes de acabar de trabajar para J. y E.,  los dos me dijeron que iban a abrir una nueva tienda en Reykjavík y que estaban interesados en que trabajase para ellos.  Sin darle muchas vueltas a la oferta les dije que sí, porque no se me ocurría otra manera mejor de trabajar en Reykjavík mientras estuviese estudiando en la uni. Después de cuatro meses en la otra tienda, controlaba el trabajo perfectamente y además me gustaba.

Alrededor del 20 de diciembre se publicó en Fréttablaðið una oferta de trabajo que me interesó instananeamente. La nueva tienda de souvenirs había sido por fin abierta en el centro de Reykjavík, y  andaban buscando personal para los fines de semana.  Al principio me extrañó que J. y E. no me hubiesen avisado (al poco de comenzar la crisis E. me prometió avisarme en cuanto abriesen la tienda), pero no le di demasiada importancia y decidí mandar a cada uno de ellos un sms preguntándoles si sería posible trabajar en la tienda, como habíamos acordado en su día. El tiempo pasó y ninguno de ellos me contestó, así que a los dos días, bastante mosquedado, le mandé un mail a J. preguntándole de nuevo si podía trabajar para ellos. Su respuesta fue clara: “no queremos contratar a gente que no hable islandés, pero si necesitas un trabajo coméntanoslo y veremos si te podemos dar uno en la otra tienda”.  No creo que haga falta describir cómo me sentí, aunque esta fue mi reacción: la carta que les mandé a modo de respuesta y que también he enviado al editor de la revista Grapevine (el editor me ha escrito diciendo que la van a publicar).

El otro regalo nos fue revelado anoche. Tras un par de días de descanso mi novia llamó al cocinero con el que trabajaba para saber a qué hora empezaba hoy en el trabajo y este le dijo que estaba despedida. La empresa que la contrató antes del paréntesis navideño, prometiéndole un sueldo razonable, un contrato en condiciones y la estabilidad que tanto se necesita en estos momentos en Islandia, ha resultado ser otro fracaso de proyect laboral. Al parecer sólo la han querido explotar durante tres semanas, mientras otros trabajadores estaban de vacaciones, y tras inventarse la excusa de que su rendimiento no era el esperado (tras trabajar sesiones de 13 horas de trabajo en periodos de cinco o seis días sin descanso) la han echado del trabajo consiguiendo no darle ningún contrato con el que se podría demostrar su paso por el restaurante. Ahora sólo queda saber si ella quiere cobrar lo que le deben en dinero negro  (con lo cual no quedará ninguna prueba del desastre) o prolongar su traumática relación con esos individuos, negociando el pago por horas y formalizando el papeleo necesario.

Veljum íslenskt

veljum islensktAnoche me encontré una más de estas pegatinas en un sobre de bacon que habíamos comprado un par de días antes.  El lema significa “elegimos islandés”. Desde que la crisis comenzó, Islandia entera se ha cubierto de consignas patrióticas que estimulan el consumo de productos 100% islandeses. Inicialmente no debería ser una mala idea: se fomenta el comercio de productos locales y además se conciencia a la gente de que comprando productos islandeses se van a ahorrar las coronas de más que les supondría comprar cualquier cosa importada. Sin embargo, sospecho que tras la campaña debe andar algún empresario oportunista que ha visto la ocasión de incrementar sus beneficios a propósito de una consigna patriótica de esas que tanto excita a la gente en momentos de crisis. Por otra parte (y esto es lo que más me preocupa), temo que esta campaña de exaltación nacional acabe generando un sentimiento xenófobo aún más pronunciado del que ya de por sí era palpable antes de la bancarrota nacional, cuando el país todavía surcaba los mares de la sobreabundancia y la ostentación. 

El otro día un anuncio por palabras en la sección “trabajos” del periódico Fréttablaðið me acabó generando un intenso ataque de cabreo. Se ofrecían una serie de puestos (cocina, barra, camarero) en un conocido restaurante del centro. La lengua empleada en la oferta era el islandés, pero de repente, escondida casi al final del anuncio, una tímida frase redactada en inglés susurrraba “se busca lavaplatos”.  Mi reflexión entonces fue la siguiente: ¿se está discriminando activamente a los trabajadores en función de su nacionalidad? Recuerdo que en la época dorada estas cosas no pasaban: por todas partes se veía a gente extranjera ocupando los puestos que ningún otro islandés quería. Cuando se iba a un restaurante, por ejemplo, lo más normal era ser atendido en inglés.

Recuerdo que Australia no producía muchas cosas cuando pasé allí un año, y dependía en gran medida de productos importados, por eso me chocó bastante ver un día, impresa en un paquete de arroz, la frase “orgullosamente envasado en Australia”.  Espero que Islandia no vaya camino de eso…

Crisis pre-examen

Mañana me presento a mi último examen del cuatrimestre, pero el presentimiento de derrota es inevitable. No he podido, lo confieso, con málfræði 1 (o, lo que es lo mismo, gramática islandesa 1). Tras revisar las páginas de apuntes con una total sensación de impotencia, pensando en todo momento sobre el abandono al que nos sometió nuestra profesora, noto cómo mis deseos de estudiar una asignatura en la que perdí la fe desde el primer día disminuyen.
Cuando entré en la carrera de Islandés para Extranjeros, pensé que nuestro curso estaría más mimado, que la Universidad de Islandia nos tendría en mejor estima, teniendo en cuenta que somos la prueba viviente de que la lengua islandesa suscita interés internacional. En mi grupo hay alumnos de hasta 20 nacionalidades distintas. Sin embargo, dudo que ninguno de los 70 u 80 alumnos matriculados en el primer curso de la carrera se sienta mucho más entusiasta que yo.
Algunos compañeros lo tienen algo más fácil, ya que sus parejas son islandesas y eso le permite a Andrew, por ejemplo, echar mano del “diccionario andante” siempre que lo necesita.
En mi caso carezco de esa ventaja, ya que mi novia no es “nativa”.
El sistema pedagógico empleado es tan poco homogéneo como inefectivo. Mientras los profesores de práctica hablada y lengua islandesa han optado por utilizar el islandés como lengua preferente a la hora de dar sus lecciones (recurren al inglés sólo en casos de extrema necesidad), la profesora de gramática ha empleado, desde el principio, el inglés como lengua bastarda/intermediaria.
Tampoco parece muy acertado emplear las siguientes estrategias en clase de gramática, cuando la cosa se pone difícil: los alumnos solemos recibir como respuesta a nuetras preguntas referidas a dudas gramaticales las poco consoladoras sugerencias de, o bien preguntar “después de navidades”, “aprender de memoria” o la no menos sorprendente pero no por ello inefectiva artimaña de escurrir el bulto dando por finalizada la clase antes de hora.
De todas formas, lo que más me ha desanimado siempre a la hora de emplear mi rústico conocimiento de la lengua islandesa ha sido el muy repetido comentario de “pareces retrasado cuando dices algo en islandés”. Si no escuché este comentario unas doscientas veces de mano de mis compañeros de trabajo en Geysir durante el verano pasado, no lo escuché nunca…
Es una pena que el esfuerzo por aprender un idioma tan abrupto cree la sensación de que todos y cada uno de los islandeses son auténticos académicos de la lengua. Sin embargo, he de decir en su favor que el islandés sigue pareciéndome una lengua mágica.
La primera vez que escuché a alguien hablar islandés fue cuando por pura curiosidad alquilé el dvd de la película 101 Reykjavík. Mis conocimientos sobre el país eran limitados: llevaba escuchando a Björk (¡cómo no!) y a Gus Gus desde hacía años, pero poco más… En cuanto nos dispusimos a ver la película en casa, mi hermana y yo optamos por ver el dvd en versión original subtitulada (creo que España ha contribuído en mayor medida que ningún otro país a crear “vagos televisivos” que jamás accederán a disfrutar de una peli en condiciones, en versión original. A la gente le da pereza leer subtítulos). En cuanto el protagonista de la peli abrió la boca para soltar los primeros sonidos en islandés, me di cuenta de que esa lengua, hasta entonces desconocida para mí, tenía un ritmo especial. Quizás por eso de acentuarse siempre la primera sílaba de cada palabra suena tan rara, tan sincopada.
A todo esto, ¿no debería estar estudiando gramática islandesa ahora mismo? Siempre buscando maneras de distraerme…