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Archive for 15 diciembre 2008

veljum islensktAnoche me encontré una más de estas pegatinas en un sobre de bacon que habíamos comprado un par de días antes.  El lema significa “elegimos islandés”. Desde que la crisis comenzó, Islandia entera se ha cubierto de consignas patrióticas que estimulan el consumo de productos 100% islandeses. Inicialmente no debería ser una mala idea: se fomenta el comercio de productos locales y además se conciencia a la gente de que comprando productos islandeses se van a ahorrar las coronas de más que les supondría comprar cualquier cosa importada. Sin embargo, sospecho que tras la campaña debe andar algún empresario oportunista que ha visto la ocasión de incrementar sus beneficios a propósito de una consigna patriótica de esas que tanto excita a la gente en momentos de crisis. Por otra parte (y esto es lo que más me preocupa), temo que esta campaña de exaltación nacional acabe generando un sentimiento xenófobo aún más pronunciado del que ya de por sí era palpable antes de la bancarrota nacional, cuando el país todavía surcaba los mares de la sobreabundancia y la ostentación. 

El otro día un anuncio por palabras en la sección “trabajos” del periódico Fréttablaðið me acabó generando un intenso ataque de cabreo. Se ofrecían una serie de puestos (cocina, barra, camarero) en un conocido restaurante del centro. La lengua empleada en la oferta era el islandés, pero de repente, escondida casi al final del anuncio, una tímida frase redactada en inglés susurrraba “se busca lavaplatos”.  Mi reflexión entonces fue la siguiente: ¿se está discriminando activamente a los trabajadores en función de su nacionalidad? Recuerdo que en la época dorada estas cosas no pasaban: por todas partes se veía a gente extranjera ocupando los puestos que ningún otro islandés quería. Cuando se iba a un restaurante, por ejemplo, lo más normal era ser atendido en inglés.

Recuerdo que Australia no producía muchas cosas cuando pasé allí un año, y dependía en gran medida de productos importados, por eso me chocó bastante ver un día, impresa en un paquete de arroz, la frase “orgullosamente envasado en Australia”.  Espero que Islandia no vaya camino de eso…

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Crisis pre-examen

Mañana me presento a mi último examen del cuatrimestre, pero el presentimiento de derrota es inevitable. No he podido, lo confieso, con málfræði 1 (o, lo que es lo mismo, gramática islandesa 1). Tras revisar las páginas de apuntes con una total sensación de impotencia, pensando en todo momento sobre el abandono al que nos sometió nuestra profesora, noto cómo mis deseos de estudiar una asignatura en la que perdí la fe desde el primer día disminuyen.
Cuando entré en la carrera de Islandés para Extranjeros, pensé que nuestro curso estaría más mimado, que la Universidad de Islandia nos tendría en mejor estima, teniendo en cuenta que somos la prueba viviente de que la lengua islandesa suscita interés internacional. En mi grupo hay alumnos de hasta 20 nacionalidades distintas. Sin embargo, dudo que ninguno de los 70 u 80 alumnos matriculados en el primer curso de la carrera se sienta mucho más entusiasta que yo.
Algunos compañeros lo tienen algo más fácil, ya que sus parejas son islandesas y eso le permite a Andrew, por ejemplo, echar mano del “diccionario andante” siempre que lo necesita.
En mi caso carezco de esa ventaja, ya que mi novia no es “nativa”.
El sistema pedagógico empleado es tan poco homogéneo como inefectivo. Mientras los profesores de práctica hablada y lengua islandesa han optado por utilizar el islandés como lengua preferente a la hora de dar sus lecciones (recurren al inglés sólo en casos de extrema necesidad), la profesora de gramática ha empleado, desde el principio, el inglés como lengua bastarda/intermediaria.
Tampoco parece muy acertado emplear las siguientes estrategias en clase de gramática, cuando la cosa se pone difícil: los alumnos solemos recibir como respuesta a nuetras preguntas referidas a dudas gramaticales las poco consoladoras sugerencias de, o bien preguntar “después de navidades”, “aprender de memoria” o la no menos sorprendente pero no por ello inefectiva artimaña de escurrir el bulto dando por finalizada la clase antes de hora.
De todas formas, lo que más me ha desanimado siempre a la hora de emplear mi rústico conocimiento de la lengua islandesa ha sido el muy repetido comentario de “pareces retrasado cuando dices algo en islandés”. Si no escuché este comentario unas doscientas veces de mano de mis compañeros de trabajo en Geysir durante el verano pasado, no lo escuché nunca…
Es una pena que el esfuerzo por aprender un idioma tan abrupto cree la sensación de que todos y cada uno de los islandeses son auténticos académicos de la lengua. Sin embargo, he de decir en su favor que el islandés sigue pareciéndome una lengua mágica.
La primera vez que escuché a alguien hablar islandés fue cuando por pura curiosidad alquilé el dvd de la película 101 Reykjavík. Mis conocimientos sobre el país eran limitados: llevaba escuchando a Björk (¡cómo no!) y a Gus Gus desde hacía años, pero poco más… En cuanto nos dispusimos a ver la película en casa, mi hermana y yo optamos por ver el dvd en versión original subtitulada (creo que España ha contribuído en mayor medida que ningún otro país a crear “vagos televisivos” que jamás accederán a disfrutar de una peli en condiciones, en versión original. A la gente le da pereza leer subtítulos). En cuanto el protagonista de la peli abrió la boca para soltar los primeros sonidos en islandés, me di cuenta de que esa lengua, hasta entonces desconocida para mí, tenía un ritmo especial. Quizás por eso de acentuarse siempre la primera sílaba de cada palabra suena tan rara, tan sincopada.
A todo esto, ¿no debería estar estudiando gramática islandesa ahora mismo? Siempre buscando maneras de distraerme…

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