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Archive for 27 julio 2010

En 2006 hacía ya tiempo que vivía en Vitoria estancado en un estilo de vida poco acorde con lo que siempre había idealizado, sobre todo después de haber pasado varios años dando tumbos de lugar en lugar, gracias a la vocación nómada inculcada por mis padres desde mi infancia. Gracias a mis padres y a su tremenda inquietud por romper con la rutina, he vivido en Sudamérica o Australia, y he viajado a lugares como Madagascar. Mis padres me enseñaron desde muy pequeño a apreciar el gesto de viajar como expresión máxima de inconformidad, de rebelión hacia lo convencional de la vida sedentaria, y cuando hablo de viajar me refiero a la acción de combinar el desplazamiento meramente físico con la auténtica experiencia de vivir allá donde se viaja. Hace años descubrí que no basta con atisbar un entorno nuevo desde la ventana artificial del turismo, por eso sostengo que para viajar hay que poder ver sin filtros, y la manera de romper con ellos consiste en poder pasar el tiempo suficiente en un país nuevo como para que la novedad acabe convirtiéndose en rutina.

No puedo evitar confesar que Björk y su música llevaban años formando una pequeña parte de mi banda sonora personal, y que si alguien mencionaba Islandia, ese nombre automáticamente me evocaba a su artista más conocida. Alrededor del año 2002 mis referencias culturales islandesas se ampliaron algo más cuando vi 101 Reykjavík, una película basada en el libro homónimo escrito por Hallgrímur Helgason. La película de Baltasar Kormakur mostraba una alocada secuencia de momentos etílico – festivos en la vida de un joven en su exótica ciudad cercana al círculo polar ártico, aunque a mí en realidad me sirvió para poder echar un vistazo a un sitio que siempre se me había figurado tan lejano como inalcanzable.

Durante años Islandia se mantuvo en estado latente en mi listado de países imaginados, hasta que un periodista despertó su nombre de nuevo.

El diario El País publicó en 2006 una serie de cinco artículos en su Revista de Agosto firmados por John Carlin. En ellos el autor hacía una extensa recopilación de algunas de las virtudes de la moderna sociedad islandesa a través de entrevistas con varias personalidades del país. Lo que John Carlin no podía imaginar es que sus artículos fueron el germen de lo que más tarde se convertiría en mi proyecto de emigración a Islandia.

John Carlin me proporcionó la oportunidad de recordar la existencia de un país que ya no me parecía tan lejano, y de repente comencé a pensar en Islandia más intensamente.

A finales de agosto de 2006, quizás un par de semanas después de leer los artículos de John Carlin, un gesto tan sencillo como teclear “work in Iceland” (trabajo en Islandia) en el buscador de Google, cambió mi vida. El primero en la lista de resultados me remitió a una agencia que ofrecía varios tipos de trabajo y, teniendo que escoger entre plantas de procesamiento de pescado, invernaderos u hoteles, al final me decidí por jugar a probar en una granja lechera. La aparentemente inofensiva acción de rellenar una solicitud para trabajar en una granja no tuvo ningún resultado hasta diciembre. Cuando ya había perdido las esperanzas (y, sobre todo, el recuerdo del tan irreflexivo acto de pedir trabajo en Islandia), me llegó un mail de la agencia a la que me había dirigido a finales del verano anterior y, para mi sorpresa, me ofrecían un puesto en una granja de Selfoss. La agencia me informaba de que un granjero de nombre Ólafur Kristjánsson, dueño de unas cuarenta vacas lecheras, quería contratarme, y necesitaban que les comunicase lo antes posible si estaba interesado en la oferta. Recuerdo que los siguientes fueron los tres días más intensos en mi historia reciente de inseguridades, pero al final tomé la decisión de marcharme a Islandia. Mis padres y mi hermana me apoyaron durante todo el proceso de decisión, y uno de los momentos de mayor tensión (aunque seguido de gran alivio) fue cuando comuniqué a mi jefa de entonces que dejaba mi trabajo como profesor de inglés en su academia para ordeñar vacas en Islandia. Curiosamente, su expresión de estupor al escuchar tan disparatado plan, lejos de provocarme alguna duda, me reafirmó en mi decisión.

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No acabo de tener muy claro si el proceso de envejecimiento conlleva cierto incremento en los niveles de madurez, pero lo que sí me está pareciendo estos últimos tiempos es que al hacernos mayores nuestro espectro de amistades se define sin que hagamos grandes esfuerzos. Durante mi veintena me ocupé de coleccionar amistades sin aplicar un criterio estricto de selección. Es como cuando comenzamos una  colección y compulsivamente nos hacemos con todos los ejemplares que encontramos, sin importarnos su estado y si están repetidos. Más tarde ya nos ocuparemos de cribar.

Parece que la criba está teniendo lugar justo ahora. Últimamente tengo la sensación de que pierdo más amigos de los que hago. A este paso podría parecer que avanzo hacia la soledad, pero resulta que ocurre al contrario: las personas que no han sido ni serán importantes en mi vida se caen de la convocatoria, mientras que mis amigos de verdad, esos que siempre han contado conmigo tanto como yo con ellos, reconfirman su posición junto a mí (sin importar la distancia que nos separe en casos puntuales) en el viaje que continuamos hacia el final.

Desde que llegué a Praga he conocido a mucha gente, pero no he visto claros candidatos a quedarse en mi lista. Hubo uno que pareció pasar la criba, pero su re-asociación con su ex-novia lo metamorfoseó en alguien que ya no reconozco. Hubo otros que parecieron cumplir con los requisitos mínimos de permanencia, pero fallaron estrepitosamente y fueron, consecuentemente, eliminados de mi lista mental de personas que alguna vez me han importado, me importan o importarán. Por otra parte, aquellos que ya han demostrado más que de sobra sus aptitudes en el negocio de la amistad se afianzan en esa posición si que ninguna de las dos partes tenga que hacer esfuerzos extra por demostrar lo que ya es evidente: que somos amigos.

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