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Archive for the ‘Reykjavík’ Category

En 2006 hacía ya tiempo que vivía en Vitoria estancado en un estilo de vida poco acorde con lo que siempre había idealizado, sobre todo después de haber pasado varios años dando tumbos de lugar en lugar, gracias a la vocación nómada inculcada por mis padres desde mi infancia. Gracias a mis padres y a su tremenda inquietud por romper con la rutina, he vivido en Sudamérica o Australia, y he viajado a lugares como Madagascar. Mis padres me enseñaron desde muy pequeño a apreciar el gesto de viajar como expresión máxima de inconformidad, de rebelión hacia lo convencional de la vida sedentaria, y cuando hablo de viajar me refiero a la acción de combinar el desplazamiento meramente físico con la auténtica experiencia de vivir allá donde se viaja. Hace años descubrí que no basta con atisbar un entorno nuevo desde la ventana artificial del turismo, por eso sostengo que para viajar hay que poder ver sin filtros, y la manera de romper con ellos consiste en poder pasar el tiempo suficiente en un país nuevo como para que la novedad acabe convirtiéndose en rutina.

No puedo evitar confesar que Björk y su música llevaban años formando una pequeña parte de mi banda sonora personal, y que si alguien mencionaba Islandia, ese nombre automáticamente me evocaba a su artista más conocida. Alrededor del año 2002 mis referencias culturales islandesas se ampliaron algo más cuando vi 101 Reykjavík, una película basada en el libro homónimo escrito por Hallgrímur Helgason. La película de Baltasar Kormakur mostraba una alocada secuencia de momentos etílico – festivos en la vida de un joven en su exótica ciudad cercana al círculo polar ártico, aunque a mí en realidad me sirvió para poder echar un vistazo a un sitio que siempre se me había figurado tan lejano como inalcanzable.

Durante años Islandia se mantuvo en estado latente en mi listado de países imaginados, hasta que un periodista despertó su nombre de nuevo.

El diario El País publicó en 2006 una serie de cinco artículos en su Revista de Agosto firmados por John Carlin. En ellos el autor hacía una extensa recopilación de algunas de las virtudes de la moderna sociedad islandesa a través de entrevistas con varias personalidades del país. Lo que John Carlin no podía imaginar es que sus artículos fueron el germen de lo que más tarde se convertiría en mi proyecto de emigración a Islandia.

John Carlin me proporcionó la oportunidad de recordar la existencia de un país que ya no me parecía tan lejano, y de repente comencé a pensar en Islandia más intensamente.

A finales de agosto de 2006, quizás un par de semanas después de leer los artículos de John Carlin, un gesto tan sencillo como teclear “work in Iceland” (trabajo en Islandia) en el buscador de Google, cambió mi vida. El primero en la lista de resultados me remitió a una agencia que ofrecía varios tipos de trabajo y, teniendo que escoger entre plantas de procesamiento de pescado, invernaderos u hoteles, al final me decidí por jugar a probar en una granja lechera. La aparentemente inofensiva acción de rellenar una solicitud para trabajar en una granja no tuvo ningún resultado hasta diciembre. Cuando ya había perdido las esperanzas (y, sobre todo, el recuerdo del tan irreflexivo acto de pedir trabajo en Islandia), me llegó un mail de la agencia a la que me había dirigido a finales del verano anterior y, para mi sorpresa, me ofrecían un puesto en una granja de Selfoss. La agencia me informaba de que un granjero de nombre Ólafur Kristjánsson, dueño de unas cuarenta vacas lecheras, quería contratarme, y necesitaban que les comunicase lo antes posible si estaba interesado en la oferta. Recuerdo que los siguientes fueron los tres días más intensos en mi historia reciente de inseguridades, pero al final tomé la decisión de marcharme a Islandia. Mis padres y mi hermana me apoyaron durante todo el proceso de decisión, y uno de los momentos de mayor tensión (aunque seguido de gran alivio) fue cuando comuniqué a mi jefa de entonces que dejaba mi trabajo como profesor de inglés en su academia para ordeñar vacas en Islandia. Curiosamente, su expresión de estupor al escuchar tan disparatado plan, lejos de provocarme alguna duda, me reafirmó en mi decisión.

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Hace una semana mi novia y yo nos marchamos de Reykjavík.  No todo va a ser conocer a gente mala y desagradecida: Óli y María nos ofrecieron alojarnos en su casa, cerca de Selfoss, hasta que cojamos el avión que nos saque de la isla el 28 de abril. Además, yo he recuperado el trabajo en su granja, el mismo que me trajo a Islandia hace más de dos años.

Ayer cumplí 777 días en el país.

Escribo estas líneas, por cierto, desde mi portátil, el mismo que hace algo más de un mes murió (supuestamente). El veredicto dado por los técnicos de la muy competente empresa Tæknibær fue tan rotundo como la diagnosis de una enfermedad terminal: “El disco duro está quemado. Has perdido todo lo que guardabas en él”. Anteayer, tras tener un presentimiento, decidí pulsar la tecla de encendido del ordenador y todo estaba en orden. No sólo funciona (como estas líneas demuestran), sino que además no perdí los miles de fotos que aún no había transferido al disco duro externo y cuya supuesta pérdida tanto me había estado atormentando hasta que el milagro de la resurrección se produjo (y que conste que no soy creyente).

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