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Archive for the ‘Sueño’ Category

El bohemio (2)

Es un frío sábado de marzo, alrededor de las nueve de la mañana. El calor de las mantas me retiene en la cama. El silencio y la penumbra en la habitación me invitan a dejarme caer en los brazos del sueño de nuevo, pero la vejiga ha decidido boicotear mi idilio con Morfeo. El suave respirar de Klaar junto a mí me dice que levantarse es un suicidio, que no hay mejor sitio en el mundo que ese, pero al final la necesidad de ir al baño le gana la partida a la cama. Tras dejar las sombras atrás aterrizo en la sala, aún sacudiéndome el sopor del cuerpo, pero a medida que me acerco al baño comienzo a entender que algo no encaja: la puerta que da a la habitación de Jan (que en realidad es la cocina) está entreabierta, algo que no suele ocurrir nunca. Unos paso más me acercan no sólo a ese hecho inusual, sino a un suave ronroneo que se escapa por la rendija de la puerta. El ronroneo viene también acompañado del efluvio etílico de alguien que se ha pasado la noche dando tumbos de bar en bar, como sólo Jan sabe hacer. Al llegar a la esquina donde convergen las puertas del baño y la cocina decido hacer sufrir a mi vejiga unos momentos más y me atrevo a colarme dentro de la cocina para ver qué es lo que ha pasado. Sé que no debo hacerlo, pero la curiosidad me puede, y el atrevimiento se ve recompensado por una escena de un precio incalculable. Casi corriendo dejo la habitación-cocina de Jan y regreso a la mía a por la cámara. Klaar me pregunta qué está pasando y la tranquilizo diciéndole que en unos momentos se lo enseño. Al regresar frente a la puerta de la cocina me aseguro de que los ronquidos de Jan se siguen emitiendo rítmicamente. Franqueo la puerta de nuevo, de puntillas y con la cámara en ristre, haciendo de ésta la avanzadilla digital tras la que protegerme. Al llegar al centro de la cocina el corazón me late aceleradamente, y me siento como si acabase de entrar en la guarida de la fiera durmiente, oliendo el peligro (y su resaca) a cada ronquido, temiendo que en cualquier momento su suave roncar se parará, justo antes de despertarse y descubrirme. Una de las baldosas flojas del suelo emite un ligero chasquido al pisarla y en la secuencia de ronquidos se deja de escuchar uno, adelantando una situación que sería incapaz de justificar: si se despierta y me descubre, ¿cómo le explico qué es lo que estoy haciendo, en su habitación, con una cámara en la mano a punto de tomar una foto de él en esas circunstancias? Jan se estremece y mi corazón se cobresalta aún más, pero por fortuna los ronquidos retoman finalmente su rítmica cadencia. Para entonces ya he apretado el disparador. Unos momentos después me encuentro de nuevo en el refugio que es mi cama. Ese día el dragón continuará durmiendo por tiempo indefinido, sin saber que alguien le ha visitado en sueños …

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