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Archive for the ‘Viajes (ficticios)’ Category

El taxi me dejó frente a la puerta de la terminal de vuelos internacionales con el tiempo justo para facturar el equipaje. La discusión sobre el precio de la carrera acabó con mis nervios: el taxista quería cobrarme más por el número de bultos de equipaje de lo que debía, y yo no cedí. Mi carrera al entrar al edificio se vio entorpecida por el carro de maletas, y tras preguntar a una de esas amables chicas que trabajan desinformando, conseguí encontrar los mostradores de la aerolínea con la que viajaba. La azafata de tierra que se encargaba de la facturación de equipajes, de una forma extremadamente amable, me pidió el pasaporte y el billete de avión:

Buenos días, caballero, ¿podría darme su billete y pasaporte, por favor?

Cómo no, faltaría más.

De repente, al levantar la vista para dirigirme su “gracias”, reparó en mi cara, y tras dedicarme un gesto de sorpresa, recordé que mi aspecto debía ser lamentable.

La noche anterior había quedado con una amiga que vivía en la ciudad, a la que hacía años que no veía, y decidimos celebrar el reencuentro tomando unas copas. Tras dejar todo mi equipaje en su apartamento y cenar en un restaurante japonés que conocía, cogimos un taxi y nos dirigimos a lo que ella llamaba el epicentro de la noche.

Cuando llegamos, me impresionó la cantidad de locales de copas que había abiertos y atestados de gente a la que no parecía importarle que fuera lunes. No pude evitar el recuerdo del desierto en que solía quedar convertida mi ciudad a esa hora en el primer día de la semana.

Me sentí culpable por estar haciendo algo que no debía, teniendo en cuenta las pocas horas de sueño de las que dispondría. El vuelo salía muy temprano a la mañana siguiente, y me obsesionaba no llegar a dormir lo suficiente. Sin embargo, después del cuarto bourbon, dejó de preocuparme el acoso del tiempo. De repente, los relojes parecieron estropearse. La fiesta se animó, y antes de darme cuenta nos encontramos en uno de los locales más famosos de la ciudad. Mientras acariciaba un bate de béisbol gigantesco, el gorila de la puerta saludó efusivamente a mi amiga, y evitándonos tener que hacer cola, nos permitió cruzar la frontera que custodiaba.

Así que, después de ahorrarnos la espera, allí estábamos, dentro de aquella catedral, bailando, bebiendo y degustando el amplio catálogo de drogas que mi amiga llevaba en su bolso.

Cuando ya habíamos probado todas las sustancias que me eran familiares, mi amiga me ofreció una pequeña cápsula azul celeste que jamás antes había visto. Por unos instantes, mientras mis dedos se deslizaban sobre la superficie brillante de aquel juguete, me asaltó la duda ante el encuentro con lo desconocido.

Tómatela, hombre, ¡sin miedo! Ya verás cómo el viaje de mañana se te queda pequeño en comparación con éste.

Ni siquiera me quejé, a pesar de sentir cierto temor ante aquella droga nueva, pero ella mandaba, era mi anfitriona y depositaba en ella toda mi confianza. Me encontré en el lugar del viajero que camina por una ciudad desconocida, indefenso, confiando su vida al primer guía que se cruza en su camino.

Al principio, la pastillita parecía no hacer efecto, pero a los pocos minutos de haber dado por seguro que no me haría sentir nada, una ola de calor me subió por todo el espinazo, sacudiendo todas mis terminaciones nerviosas, hasta estallar en mitad de mi cerebro. En unos segundos todo cambió de color, de textura, de olor, de sabor. Todos mis sentidos parecieron volverse locos: mis manos se dejaron aturdir por las moléculas de sabor que flotaban en el aire, mis oídos acariciaban todas las formas y texturas del local, mi olfato se deleitaba con los fogonazos de colores que invadían mis fosas nasales.

Tuve la desagradable sensación de que perdía el control sobre todo mi cuerpo, y se lo dije a mi amiga, aún no sé cómo, pues me daba la impresión de que en aquel estado me resultaría imposible articular cualquier palabra.

Oye, necesito… necesito irme, salir a la calle. No sé… no sé qué me está pasando. La pastilla no me está sentando nada bien. Por favor, ¡sácame de aquí! ¡Llévame fuera!

Vale, vale, no te preocupes. Ahora te saco de aquí. A mí me pasó lo mismo la primera vez que tomé esta mierda, pero no me ha vuelto a ocurrir, en serio, en realidad sólo pasa con la primera, después, las siguientes parecen superar a las anteriores, aún me sigue cogiendo desprevenida y…

Mi prisa por salir era mayor que la que ella imprimía a su efusiva tormenta de palabras, y la interrumpí, casi gritando.

Vale, de acuerdo, pero por favor, ¡sácame de este sitio ahora mismo!

En cuanto estuve en la calle noté el desinterés de mi amiga por cuidar de mí: en realidad ella estaba sufriendo un ataque de desconexión total y por eso bailaba, al compás del estruendo musical que llegaba al exterior del local, animándome a que me uniera a ella. Inmediatamente, sentí la necesidad vital de expulsar de mi estómago los restos de droga y alcohol que me hacían sentir en un remolino de angustioso malestar. La fuerza del vómito irritó mi garganta inundando mis fosas nasales de ácidos gástricos y mi cuerpo se contrajo a punto de darse la vuelta de dentro a afuera. Afortunadamente, tras comprobar que mi repertorio de arcadas no sonaba nada musical, mi amiga dejó de bailar y acudió en mi ayuda, ofreciéndome su pañuelo de forma definitiva, pues sabía que una vez me limpiase, imprimiendo en él la huella de mis labios manchados de carmín color bilis, el trozo de tela quedaría irrecuperable.

Mientras ella conseguía un taxi, aproveché para enjuagarme la boca con el agua de un charco ante el que el mareo me había hecho caer arrodillado. Desde aquella posición vi, sobre la superficie casi helada del líquido, el reflejo de las luces de neón del exterior del local, y justo debajo del aura azulada del gas, un grupo de personas se abalanzó sobre el gorila que un rato antes nos había invitado a pasar.

Supongo que lo que se reflejó sobre el charco fue lo último que ocurrió justo antes del gran descenso a los abismos de mi noche particular, porque no recuerdo nada de lo que pasó después. Un paréntesis de ausencia involuntaria precedió mi retorno a la vida cuando, a las pocas horas, mi amiga me despertó gritando que si no me daba prisa perdería el avión.

Al abrir los ojos, descubrí que estaba tirado en el suelo de su baño, y al alzar la vista vi a mi amiga en cuclillas, dentro de la bañera, desde donde me había escupido sus palabras de buenos días, mientras meaba sonoramente. Todo mi costado derecho estaba completamente entumecido, y las punzadas de dolor

de mi hombro lesionado hacía años en un accidente, podrían haber despertado a un muerto, pero a mí no habían conseguido rescatarme de las tinieblas, porque al parecer había estado más que muerto. Mi jersey estaba salpicado de garabatos de vómito seco, y las paredes exteriores de porcelana del inodoro estaban veteadas del mismo cóctel estomacal, como si hubiese conseguido desbordar la taza tras una orgía de náuseas. Por eso mi amiga había decidido aliviarse en la bañera antes que arriesgarse a dejar que los ácidos que cubrían el asiento del inodoro carcomiesen su fina ropa interior.

La despedida fue tan rápida que para cuando terminó aún no me había dado tiempo a dejar mi tan incómoda postura sobre el suelo del baño.

Que tengas buen viaje — me dijo mientras salía del baño pasando sobre la masa casi inerte de mi cuerpo tendido. — Y espero que la próxima vez que nos veamos pases más tiempo conmigo.

Y lo último que vi de ella fue su entrepierna, vestida de encaje, mientras me sobrevolaba. Después escuché el sonido amortiguado que producía el correteo de sus pies desnudos sobre el frío embaldosado, alejándose por el pasillo. Consciente de que sería el último de sus actos que guardaría en mi recuerdo, decidió llenar el vacío que nuestra despedida comenzaba a crear con un sonoro portazo al entrar en su habitación. Se había vuelto a la cama y sabía que lo que le quedaba de sueño no lo compartiría conmigo.

Permanecí tendido sobre el suelo del baño unos momentos más. Mientras ordenaba las ideas para afrontar mi partida con la cabeza lo suficientemente despejada, recordé sus últimas palabras: en su tono de voz había sentido que me reprochaba haberme ausentado durante una parte mínima de su vida que bien podríamos haber existido juntos. De alguna manera, me odiaba por no haber evitado ponerme tan enfermo como para no poder pasar unas horas conscientes en su cama, compartiendo con ella la euforia producida por la droga. La imaginé tendida sobre su cama, llenando acompasadamente sus pulmones de aire, acoplando el ritmo de sus signos vitales al de la progresiva invasión de un sueño reparador, y recuperando su cuerpo de toda la avalancha de substancias que había sepultado su organismo la noche anterior. Pero sobre todo, me imaginé a mí mismo tendido junto a ella, acompañándola en su viaje de retorno al día, hundiendo con el peso de mi cuerpo aquella cama que mi mente y mi cuerpo intoxicados habían rechazado, prefiriendo el duro y frío suelo de su baño, donde caí inconsciente para vomitar entre desmayo y desmayo.

Realmente deseé dar marcha atrás y volver a encontrarme con ella en el mismo sitio, a la misma hora en que tomé la decisión errónea, dejando que la excitación que me producía su compañía no me permitiese renunciar a algo tan simple como una inocente pastilla, portadora de enfermedades químicas, que me acabó privando de su cuerpo.

Pude renunciar a subirme al avión, pero decidí emprender el viaje, imponiéndome el castigo que me merecía por haber evitado que todo ocurriese como debería haberlo hecho.

La visión de sus bragas, sus insinuaciones y todas las reflexiones a las que me llevaron acabaron por despejarme del todo, y tras echar un vistazo a la esfera agrietada de mi reloj, supe que apenas tenía tiempo para llegar al aeropuerto y coger mi vuelo.

En el salón de su apartamento encontré el equipaje tal y como lo había dejado la noche anterior, aunque parecía que había pasado tanto tiempo que había acumulado una gruesa capa de polvo sobre su superficie. Al acercarme a una de las mochilas vi que se trataba de un efecto de la luz matinal, que comenzaba a cromarlo todo. Abrí la cremallera y saqué de debajo de los mapas que habrían de dirigir mi viaje una camisa nueva y un jersey limpio que reservaba para más adelante. Tenía el tiempo justo para alejar de mi cuerpo el fantasma de mi muerte nocturna, y después de lavarme y cambiar mi ropa, salí del apartamento, evitando posar la vista sobre la puerta infranqueable de su habitación.

En el portal del edificio sentí que acababa de dar la espalda a su mundo, a su reino, sin embargo, antes de que la duda me hiciese echarme atrás, decidí llevar hasta el fin el castigo que me había ganado.

Ya en la calle, todo parecía dorarse con los primeros rayos de sol, incluso el taxi que me recogió parecía un lingote de oro.

No sé cuánto le llevó hacerlo, pero me pareció una eternidad el tiempo que la azafata tardó en asegurarse de que la foto que aparecía en mi pasaporte coincidía con la cara que llevaba puesta en la parte frontal de mi cabeza.

La cinta transportadora alejó de mí todo mi equipaje para llevarlo al avión, y la azafata me tendió, con una sonrisa forzada, mi pasaporte, mi tarjeta de embarque y mi billete, al que había pegado los códigos de barras gemelos de los que acompañarían a cada uno de mis bultos en las entrañas de la máquina voladora.

La mitad de los trámites estaba hecha. Tan sólo me faltaba superar el control de pasaportes de la policía para, en pocos minutos, encontrarme en un asiento del avión que habría de sacarme de allí.

Fue entonces cuando los excesos de la noche comenzaron a hacer mella en mi cuerpo y en mi estado mental, y por eso deseé, más que nunca, encontrarme ocupando un asiento de avión, fuese a donde fuese, con tal de poder echar una cabezada. Además, quería sentir que mi viaje empezaba en dos direcciones: necesitaba saberme embarcado en un viaje hacia la distancia física que me separase de aquel suelo. El otro viaje buscaba la distancia, pero en el plano temporal: a medida que, segundo tras segundo, el viaje físico ensanchase la separación, el factor tiempo, como la propia distancia, también eliminaría la posibilidad de un espacio compartido con ella. Y si además conseguía caer dormido en cuanto me encontrase en el avión y no despertar hasta llegar a mi destino, tendría la impresión de que todo habría ocurrido en un segundo. En aquella butaca de clase turista que me parecería el asiento más cómodo jamás construido, el sueño me mantendría alejado del mundo consciente, y poco a poco, sin darme cuenta, me iría separando de todo aquello que había ocurrido en las últimas horas y, sobre todo, de ella. Cuando el comandante del avión anunciase el inicio del descenso y las maniobras de aterrizaje en el aeropuerto de destino, el tiempo y la separación física con el punto de partida, irreversibles, irretornables, eliminarían cualquier posibilidad de regreso. Estaba seguro de que al despertar, con el cuerpo totalmente repuesto, y a miles de kilómetros de allí, mi mente analizaría lo ocurrido de una manera más fría, aceptando que todo había sido algo transitorio, y que mi enajenación por ella sólo había ocupado unos pocos instantes de mi vida, aquellos en los que se había despedido de mí odiándome por no haber estado con ella, en ella, junto a ella, soñando a su lado o amándola en su lecho.

Me uní a una cola que formaba frente a una de las ventanillas por las que la policía filtraba el flujo de pasajeros que se introducían, como virus, en sus respectivos aviones. De pronto, mis ojos se detuvieron en una palabra que figuraba en un panel luminoso, junto a mi número de vuelo y hora de salida. “Delayed”. Retrasado. Nunca una palabra inglesa me había sonado peor que aquella. De repente, todas las células de mi ser parecieron enfurecerse con aquella palabra extranjera, culpando a toda la lengua inglesa de mi mayor desdicha. Aquello significaba que mi reposo en el avión y mi alejamiento de allí tardarían en llegarme, al menos, unos cuarenta y cinco minutos, de acuerdo con la información del panel. Mi fatiga mental y el dolor de mi cuerpo se atenuaron con la oleada de ira que me invadió al saber que el vuelo estaba retrasado, y creo que gracias a ello mi rostro dejó de estar, por unos momentos, tan desfigurado y macilento como aquél con el que había asustado a la azafata. El policía que tomó mis datos y selló mi pasaporte me hubiera causado muchos problemas de no ser por aquel incidente fortuito que mejoró mi aspecto notablemente.

En un estado de furia incontrolable me adentré en aquel laberinto de salas de embarque y tiendas libres de impuestos que conformaban todo el área de vuelos internacionales, y sin dudarlo un momento, entré en una tienda de tabacos de importación para conseguir algo de nicotina que me ayudase a superar aquel infierno de espera.

Una vez elegí la marca que quería fumar, me dirigí a caja y tendí un billete a la cajera, que me miró asustada.

Perdone, caballero, pero tiene que enseñarme su tarjeta de embarque para hacer la compra.

Estaba tan nervioso y alterado que dejé caer al suelo todos los papeles que llevaba en la mano, incluido el pasaporte, que fue a dar bajo la silla de la chica. Al agacharme a recogerlo, mi vista se deslizó de manera mecánica a lo largo

de las piernas infinitas de la cajera, y el recuerdo de la visión que me había sobrevolado en el baño de un apartamento, hacía tan poco, mientras resucitaba tirado en el suelo, me sacudió todo el cuerpo, como una descarga eléctrica.

En cuanto conseguí pagar el tabaco, me marché corriendo hacia mi sala de embarque, donde por fin encontré algo de reposo en una butaca tan cómoda que parecía diseñada para perder aviones.

Desde donde me encontraba podía ver, a través de los cristales, el final de una de las pistas del aeropuerto: a intervalos de pocos segundos, un avión se elevaba hendiendo el cielo, y aquella visión me reconfortó, porque sabía que en unos minutos yo estaría en uno de aquellos aparatos voladores, alejándome sin remedio, sin que nada pudiese hacer volver al piloto y a su cargamento de personas a su punto de origen.

Fumé tres cigarros en el tiempo en que normalmente habría fumado uno, y cuando acabé el tercero, un anuncio publicitario llamó mi atención: se trataba del cartel de una máquina de helados y, recordando que no había comido nada desde la noche anterior, me levanté, me acerqué a su monótono zumbido de frigorífico, y me hice con una de aquellas golosinas empalagosas y dulzonas.

Sin importarme el dolor que el frío causaba en mis dientes, tras devorar el helado y comprobar que aún me podía relajar durante unos minutos antes de ser llamado a embarcar, ocurrió lo inevitable: el sueño que no me había asistido lo suficiente durante la noche anterior, hizo acto de presencia, envolviéndome en su abrazo algodonoso.

No sé por cuánto permanecí dormido, pero de pronto algo me sacó de mi sopor: se trataba de una presencia que mi instinto percibió antes de hacerme despertar, antes de que mis ojos confirmasen su existencia física y real. Al entreabrir los párpados, sintiéndome reacio a abandonar aquellos momentos de reposo, mis retinas captaron una silueta borrosa que se interponía entre la luz del exterior de la sala y yo. Con lo ojos completamente abiertos comprobé que no era más que un niño que fijaba su mirada en mi rostro. Su rictus de terror me asustó, y vi mi propio gesto reflejado en su cara. En cuanto reunió el valor suficiente para zafarse del miedo que le inmovilizaba, echó a correr en dirección a una mujer que le llamaba casi a gritos, y mientras acudía a su protección la criatura gritaba:

¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ese señor muerto me quiere hacer daño!

La reacción del niño me dejó clavado en la butaca que ocupaba. Había supuesto que mi aspecto no debía ser muy agradable, pero no hasta el punto de hacer que un niño saliese espantado de terror tras contemplar mi rostro. Pero no pude seguir reflexionando sobre lo que acababa de ocurrir porque inmediatamente comenzaron a anunciar el embarque de los pasajeros de mi vuelo. Por fin iba a poder dar por terminada toda aquella espera, y sin perder un segundo me dirigí al acceso al avión.

Con la tarjeta de embarque en la mano franqueé el último control, y en un ataque de autentica euforia atravesé la pasarela que unía, como un cordón umbilical, el edificio con su criatura a punto de volar.

Antes de estar en el cielo, como parte del aparato que ocupaba junto con aquellos otros doscientos pasajeros, el mero hecho de encontrarme sentado en mi butaca me hizo plenamente feliz. El torrente de viajeros seguía infectando el avión, pero apenas reparaba en sus caras, o en su forma de vestir, o en sus voluminosos equipajes de cabina que deberían haber viajado en la bodega. Eso era algo que solía hacer siempre que viajaba, pero en aquel momento, sentía tanto alivio por hallarme sentado después de todo lo que había sufrido, que ni siquiera pensé en volver a practicar aquella afición tan estúpida. Repetí mentalmente el número de asiento que me había tocado (“19 F”, me dije) y el sonido de aquella cifra unida a aquella letra me hizo sentir como no me había sentido nunca.

Las puertas se cerraron después de que el último pasajero ocupase su puesto, y mientras el avión se dirigía al fragmento de asfalto desde el que tomaría impulso para adentrarse en los cielos, contemplé con alegría la pantomima de la azafata que explicaba la localización de las salidas de emergencia y el funcionamiento de los chalecos salvavidas. Sentí pena por ella al comprobar que apenas tenía público: la mayoría de los pasajeros leía sus revistas o charlaba nerviosamente, como cuando se está a punto de emprender un viaje y uno se siente turbado por la emoción. Yo, sin embargo, no me perdí ni uno sólo de los números de su representación: ver a la azafata ejecutando su coreografía no hacía sino confirmarme que por fin iba a soltar amarras.

La aeronave tomó posición al comienzo de la pista de despegue, para quedar detenida mientras el comandante esperaba la comunicación de la torre de control que le permitiese despegar. Mientras tanto, la tensión se dejaba sentir en todo el cilindro metálico que ocupaban los pasajeros, y de repente el silencio se adueñó de todos. La autorización no se hizo esperar, y las turbinas del avión aceleraron estrepitosamente, taladrando mis tímpanos con su bramido. A medida que la máquina avanzaba en su carrera loca hacia el cielo, un hormigueo creciente irrumpía en todo mi cuerpo, entumeciendo mis músculos. El traqueteo de las ruedas del avión sobre la superficie irregular de la pista transmitía a mi esqueleto la sensación de encontrarse dentro de un sonajero agitado por la mano incansable de un niño. La expectación en esos momentos era general, y ninguno de los pasajeros parecía querer pensar en un despegue fallido.

Al fin comprendí que la maniobra se estaba alargando más de lo habitual y que el rugido de los motores no se mantenía constante; al contrario, su sonido era más parecido al de la respiración entrecortada de fieras exhaustas.

Supongo que todos los pasajeros lo percibieron, pero desde el momento en que vi, a través de mi ventanilla, el motor del ala derecha en llamas, me pareció ser el único que contemplaba aquel espectáculo imposible. El aparato perdió la poca altura que había ganado en un despegue tan largo, y cuando comencé a sentir el calor asfixiante de las llamas, los gritos se hicieron tan insoportables que ganaban en potencia al rugido de los motores incendiados. Fue tan inmenso el pánico que me invadió que cerré los ojos y esperé a que todo acabase pronto.

De pronto sentí que me había introducido en una burbuja que me aislaba de los gritos de terror del resto de pasajeros. Aquel estado de aislamiento de la catástrofe pareció durar mucho, sin dar paso a ningún desenlace. Me sentí a gusto en toda aquella oscuridad que me había procurado al cerrar los párpados. No sentía frío, calor, miedo o angustia. Lo cierto es que, simplemente, había dejado de sentir. Mi ser físico ya había desaparecido, llevándose consigo todos mis sentidos. Sólo tenía la conciencia de existir de una manera psíquica y, en un principio, la sensación del paso del tiempo dejó de importarme, pues ya no sentía que el reloj siguiese corriendo.

Sin embargo, a pesar de mi adaptación, aparentemente fácil, a aquel entorno nuevo, fue precisamente la pérdida de la noción del tiempo lo que comenzó a molestarme, y la impaciencia empezó a atacar a lo único que parecía quedar de mí, mi alma.

No había hecho sino comenzar a desagradarme la molesta sensación de falta de tiempo cuando un extraño ruido empezó a dejarse oír en la lejanía. El sonido fue creciendo en intensidad y haciéndose más cercano, hasta que aquel elemento, semejante al chirrido de un frenazo, pareció ser el único habitante de mi no-espacio. En la última fase de la secuencia sonora, en su punto de máxima intensidad, mi no-existencia volvió, poco a poco, a adquirir una forma física definida, como si recuperase mi cuerpo, y en aquel momento, sentí un golpe seco contra algo que estaba delante de mí, algo también físico y palpable. El dolor era real: lo sufría en mi cuerpo verdadero.

En un intento por comprender qué era lo que había pasado, supuse que mi cuerpo había impactado contra el asiento del pasajero que se encontraba delante de mí y, no pudiendo aguantar más el dolor, me fue imposible mantener los ojos cerrados.

Señor, perdone el frenazo, pero es que ese tipo me ha cerrado y no he podido evitar pisar a fondo el pedal. Si no lo llego a hacer, chocamos, eso seguro. ¡Si es que tenía que haber visto cómo venía! ¡Es una vergüenza, andan como locos! Espero que no se haya hecho mucho daño. Es que le he visto tan dormido que no he querido ni despertarle, y eso que mire, ya hemos llegado. Aquí está: la terminal internacional. Ya ve que tenía razón cuando le dije antes que íbamos a llegar a tiempo.

El golpe acababa de despertarme, y me dolía la nariz porque me la había golpeado contra el asiento del taxista. Mi capacidad de respuesta era nula: medio atolondrado por el sueño del que acababa de despertar y por el propio golpe del frenazo no era capaz de reaccionar. El taxista había parado,

efectivamente, frente al edificio de vuelos internacionales, y tras abrir mi puerta, me ofrecía su mano para ayudarme a salir del taxi.

Deje, deje, no se moleste. Entre el sueño que traigo y el golpe que me he dado, estoy un poco aturdido, pero no se preocupe, que ya salgo solo.

El taxista, mientras tanto, al ver que no estaba muy decidido a salir del coche, fue corriendo a por uno de los carros de equipaje, y en un momento cargó todos mis bultos. Metiendo la cabeza por el hueco de la puerta abierta, animándome a salir, me dijo:

¡Venga, hombre, salga de ahí que si no va a perder el vuelo! De todas formas… ¡oiga! ¿Está usted seguro de que se encuentra bien? ¿No se habrá hecho daño al golpearse contra el asiento.

Sí, sí, estoy bien, no se preocupe, estoy perfectamente, pero ¿sabe lo que le digo? Que prefiero perder ese vuelo. ¿No le importará cargar de nuevo mi equipaje en el maletero y llevarme de vuelta a la dirección donde me ha recogido?

Jon Eguiluz


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