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Espero que me permita compartir sus dos películas de animación en este espacio:

Hace alrededor de un mes, de visita al mercado de las pulgas de Bleší trh, cercano a la estación de metro de Kolbenová, me encontré con este curioso aparato de baquelita y su inconfundible olor. Lo digo porque la baquelita tiene un olor muy característico: es un olor  almacenado en la memoria olfativa que me recuerda a mangos de sartenes o cazos recalentándose hasta temperaturas imposibles sobre un fuego de gas a todo trapo, en la cocina del piso donde vivía con mi familia cuando era pequeño. Siempre me pregunté por qué eso mangos no acababan derritiéndose como lonchas de queso barato (lonchas de aquéllas que venían envueltas individualmente en un plástico que era poco menos comestible que el presunto queso que envolvían) hasta que aprendí que la baquelita resiste temperaturas altísimas.  El caso es que cuando me encontré este aparato y me lo llevé a la cara tras intuir su funcionamiento, reconocí el olor de su material al instante.

Los visores de fotografías estereoscópicas como el Meoskop, de fabricación checoslovaca, también forman parte de mi memoria, en este caso de la visual, ya que recuerdo haber tenido uno de ellos en mis manos cuando era pequeño, durante una visita al parque de atracciones del monte Igueldo, así que cuando el otro día me encontré con esta ganga en el puesto de chatarra de aquel señor que vendía desde tornillos oxidados hasta lámparas de transitores Tesla, cuya producción se debió interrumpir tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, me llevé una gran sorpresa y decidí pagar las 160 coronas checas (poco más de seis euros) que se me pidieron, sin ni siquiera regatear de lo emocionado que estaba. En la oferta se icluyeron también, aparte del trozo de baquelita, tres discos de fotografías estereoscópicas de los años cincuenta o sesenta, con paisajes del norte de Checoslovaquia, montañas de la zona de la actual Eslovaquia, o tomas de diferentes partes del Teatro Nacional en Praga.

La experiencia de acercar el Meoskop a los ojos para contemplar una de las siete parejas de fotos que componen cada disco puede quedar desvirtuada por el tremendo renacimiento que está sufriendo la tecnología 3D. Supongo que a alguien que haya visto cualquiera de las películas en 3D en el cine que hasta ahora me he negado a tragarme pensará que el Meoskop es tan primitivo y ridículo que no merece la más mínima atención, pero para mí se ha convertido en una auténtica ventana al pasado de un país que ya no existe, de un mundo que ha cambiado radicalmente y de una tecnología que en su día fue tremendamente novedosa, aunque ahora parezca totalmente obsoleta.

El 21 de enero pasado hizo tres años de mi llegada a Islandia, y hace unos tres días cumplí ocho meses en Praga. No parezco estar tomándome en serio lo de escribir sobre estos tres últimos años de mi vida, y es una pena, porque están siendo los más intensos de mi historia personal.

Antes he releído la última entrada de este blog referida a Islandia, y he recordado lo premonitorio de las palabras de Óli, cuando dijo que lo último que le faltaba a Islandia por sufrir era una erupción del volcán Hekla… Lo gracioso del tema es que poco más de un año después de haber pronunciado esa frase, un volcán islandés y su nube de cenizas paralizaron el espacio aéreo europeo durante más de una semana, aunque no se trató del Hekla sino del Eyjafjalla. Durante toda esa semana yo estuve en España, viendo todos los días en la tele las imágenes de un paisaje coronado por un volcán que yo ya me había acostumbrado a contemplar a una distancia mucho más cercana durante más de un año de mi vida. Tan poca era la distancia que nos separó a ese volcán y a mí que secretamente albergué la esperanza de verlo entrar en erupción en directo, pero como siempre me ocurre, o llego tarde o ya me he marchado cuando las cosas importantes ocurren. Y a todo esto, María escribiéndome en Facebook que tenía que volver a Islandia, que me estaba perdiendo algo increíble… ¡Como si no me lo hubiese podido imaginar!

Llevo  más de un mes leyendo la edición inglesa de Gente Independiente, de Halldór Laxness. Cada página del libro se convierte en un doloroso recordatorio de aquella tierra abandonada contra mi propia voluntad. Lo cierto es que me está costando avanzar en el libro por lo complicado de conciliar el hecho de leer con la imposibilidad de evitar una constante evocación de aquél mundo al que fui totalmente ajeno, pero al que me pude asomar desde un punto de vista muy privilegiado. Cuanto más pienso en la isla más me doy cuenta de que Islandia no habría sido tal si no hubiese sido por la presencia en el país de Óli, que me hizo entender algo tan complejo sirviendo de visagra, de intérprete, de intermediario y de confidente.

Puede parecer que Praga no me produce el más mínimo entusiasmo, teniendo en cuenta lo poco que le he dedicado a la ciudad en este fallido diario, pero lo cierto es que Praga y, por extensión, la República Checa, se parecen más a mi mundo que Islandia, así que supongo que esa es la razón por la que aún no me he propuesto preparar la lista de virtudes, bellezas, exquisiteces, defectos, inmundicias o suciedad que tanto me hacen querer a esta ciudad tan mundana, tan humana.

Flashback 1

Líneas escritas en mi diario de Islandia el 29 de enero de 2009.

Sé que llevo mucho sin escribir, tanto que ya no sé cómo enfrentarme a las páginas de este fallido diario. De cualquier forma, regreso para comenzar el relato de la marcha.

En menos de tres meses Klaar y yo dejaremos Islandia, y a diferencia de como lo hice en junio de 2007, esta vez no hay billete de vuelta.

Hace tres días decidimos poner fin a nuestra peor racha islandesa comprando los billetes de avión que nos alejarán de la que también parece estar siendo la peor época de la historia reciente del país. Como dice Óli, ya sólo falta que el volcán Hekla entre en erupción para acabar de oscurecer aún más el tenebroso panorama en el que está sumido el país.

Escribo estas líneas, por cierto, desde Geirakot, la granja que se convirtió en el origen y centro de la peripecia que hace ocho días cumplió dos años.

Hace una semana mi novia y yo nos marchamos de Reykjavík.  No todo va a ser conocer a gente mala y desagradecida: Óli y María nos ofrecieron alojarnos en su casa, cerca de Selfoss, hasta que cojamos el avión que nos saque de la isla el 28 de abril. Además, yo he recuperado el trabajo en su granja, el mismo que me trajo a Islandia hace más de dos años.

Ayer cumplí 777 días en el país.

Escribo estas líneas, por cierto, desde mi portátil, el mismo que hace algo más de un mes murió (supuestamente). El veredicto dado por los técnicos de la muy competente empresa Tæknibær fue tan rotundo como la diagnosis de una enfermedad terminal: “El disco duro está quemado. Has perdido todo lo que guardabas en él”. Anteayer, tras tener un presentimiento, decidí pulsar la tecla de encendido del ordenador y todo estaba en orden. No sólo funciona (como estas líneas demuestran), sino que además no perdí los miles de fotos que aún no había transferido al disco duro externo y cuya supuesta pérdida tanto me había estado atormentando hasta que el milagro de la resurrección se produjo (y que conste que no soy creyente).

Haukur se columpia

Sospecho que al editor de The Grapevine le han debido advertir de lo comprometido que sería para la revista acabar publicando mi carta, un texto en el que no dejo nada bien a un par de empresarios del sector del turismo. Teniendo en cuenta que The Grapevine es una publicación mensual de difusión gratuita que se distribuye principalmente en lugares de gran afluencia turística, se me ocurre que es probable que el editor haya decidido no jugar con la mano que les da de comer. Eso o que sea amigo de Elmar o Jóhann. Si no, no entiendo por qué ayer me escribió diciendo que, sintiéndolo mucho, no les va a ser posible publicar mi carta en el número de febrero por falta de espacio.

En el fondo igual es cierto que no tienen espacio para publicar un texto como el mío, tan crítico con los islandeses…

Alto por ancho

Recuerdo que la primera vez que tuve la oportunidad de conducir por aquí reparé en lo importante de la bidimensionalidad. Al mirar al retrovisor y ver lo que en el se reflejaba delimitado por los bordes del espejo, me di cuenta de que estoy tan acostumbrado a ver el mundo a través de ventanas que sólo cuando veo las cosas de esa manera les concedo cierto crédito. Inmediatamente pensé en lo que ocurre cuando viajamos: realmente no tenemos sensación de haber estado en algún sitio hasta que, de regreso a casa, observamos lo que captamos a través de una cámara. Las fotografías se convierten entonces en la única prueba que nos demuestra que estuvimos allí.

Lo que aquel día vi en el retrovisor era una imagen a la que ya me había acostumbrado durante el primer mes y medio en este país: se trataba del volcán Hekla, una imponente masa cónica, gris lava y blanco nieve, que me había estado observando cada día desde la distancia. Sin embargo, al ver su reflejo en la pequeña ventana de cristal descubrí que su silueta adquiría un significado más profundo: su tamaño aumentó al quedar aislado del entorno, y el detalle de su contorno se tornó más preciso. Incluso tuve la sensación de que su imagen ganaba en definición y, a pesar de que me encontraba contemplando un reflejo plano y bidimensional, la sensación de tridimensionalidad aumentó.

El coche se convirtió, a partir de aquél día, en una herramienta imprescindible para escrutar el entorno: desde la protección ofrecida por aquella pequeña burbuja, insignificante en comparación con la inmensidad del paisaje, comencé a estudiar las imágenes enmarcadas en los retrovisores y ventanas. El coche pasó a desempeñar el papel de observatorio.

La carretera que lleva a Reykjavík pasa primero por Hveragerði, donde el destello escupido por los invernaderos junto a la carretera crea la falsa sensación de estar atravesando una masa de vegetación tropical. Esa sensación se acentúa los días de niebla porque ese destello se expande aún más, y el coche es envuelto entonces por el color de la selva.

Después de Hveragerði esa fugaz idea de tropicalidad ha de ser abandonada para siempre. A partir de ese momento, la carretera comienza una pronunciada escalada para llegar a lo alto de una montaña desde la que se puede observar, en días despejados, la gran planicie en la que se asienta Selfoss, con el mar como frontera, y el archipiélago de Vestmanaeyjar en la lejanía. A ambos lados de la carretera no hay otra cosa que lava, cubierta de musgo en su mayoría, y nieve. Entonces, tras atravesar los vapores sulfurosos de una estación geotérmica, se comienza el descenso hacia la capital.

El primer día que hice ese trayecto tuve la suerte de viajar como pasajero, con lo cual pude relajarme y disfrutar de la experiencia sin miedo a perder la concentración que habría necesitado si hubiese conducido yo. Una hilera infinita de torres de alta tensión discurría paralela a la carretera, por el lado derecho, y más allá, una inmensa planicie de lava y nieve se perdía en la distancia para morir al pie de una cadena montañosa que marca la frontera entre lo habitable y lo inhóspito. Más allá no hay nada. Entonces me sentí vulnerable y débil: el entorno me engulló, me masticó y finalmente me escupió a una realidad hostil, fría y carente de color. Todo lo que observaba a través de las ventanas del coche era en blanco y negro.

A partir de aquél viaje comencé a buscar destellos de color en el paisaje, pero mes tras mes, la nieve aplana los contornos y transforma todo en un escenario en blanco y negro. He visto nevar desde septiembre hasta mayo, y alguien me dijo una vez que la nieve puede llegar a caer los doce meses del año, sin excepción.

La óptica con la que se observa todo se acaba adaptando a esa ausencia cromática. Una visita al museo en el que se exponen las obras de Kjarval me hizo comprender que la óptica de ese artista también se veía determinada por un entorno acromático, pero me interesé entonces por paisajes en los que no se mostraban grandes extensiones, sino subpaisajes del todo, en los que el artista prefería reproducir espacios muy reducidos, mostrando quizás un grupo de rocas cubiertas de musgo. La dimensión de lo que veía en esos lienzos era infinitamente reducida en comparación con la inmensidad de lo que la vista puede llegar a abarcar, pero descubrí que la luz sí hace aflorar toda una gama de colores que se perciben a una escala mucho más reducida. No hay que mirar hacia el horizonte, sino centrar el foco de atención en espacios mucho más cercanos.p1020910